Galería de un balneario histórico vacía, con bañeras de mármol y luz azul entrando por las ventanas, sin nadie a la vista

Escapada · Balnearios

Lo que los balnearios de España no cuentan en el folleto

Un pueblo que es un balneario, una piscina romana que sigue en uso, un lago con peces a veintiocho grados, una fuente que dice "solo para beber", un poeta y un burro. Los detalles que no venden habitaciones y que hacen que un sitio merezca el viaje.

  • Escapada
  • Balnearios con historia
  • Datos verificados, cero folleto
  • Actualizado: 2026

Todos los folletos de balneario dicen lo mismo: aguas conocidas desde los romanos, entorno privilegiado, tratamientos personalizados. Es verdad y no sirve para nada, porque no distingue un sitio de otro. Lo que distingue un balneario es lo que no cabe en el folleto: el error de un cartógrafo, un altar de hace dos mil años en el patio, la fecha que no cuadra. Esta escapada no elige los mejores. Elige los detalles, y deja que cada cual saque su lista.

El balneario que se hizo pueblo

Hay un municipio en Pontevedra que se llama Mondariz-Balneario. No es un apodo turístico: es su nombre oficial en el registro de entidades locales, con 2,3 kilómetros cuadrados y poco más de setecientos vecinos, el ayuntamiento más pequeño de Galicia. Nació el 30 de noviembre de 1924 por segregación de Mondariz, y la razón fue el balneario. El establecimiento de los hermanos Peinador, con su Gran Hotel, su imprenta y su periódico para los huéspedes, tenía más peso económico que el pueblo del que dependía, y acabó independizándose de él. En 1925 Alfonso XIII le concedió el título de Muy Hospitalaria Villa, que todavía figura en los papeles municipales.

El dato que casi nadie une con el anterior: el Gran Hotel ardió en 1973, y durante décadas el municipio más pequeño de Galicia fue un pueblo con ayuntamiento propio alrededor de una ruina. Lo que hoy se visita es una reconstrucción. Y en 2024, para el centenario, el pueblo celebró su independencia con charleston y partidos de croquet, que es una forma bastante honesta de reconocer de qué vive.

Fachada de un gran hotel balneario de principios del siglo XX bajo la lluvia, con la calle vacía y farolas encendidas a la hora azul
Un ayuntamiento de 2,3 kilómetros cuadrados alrededor de un hotel. El pueblo nació del balneario, no al revés.

Donde todavía te bañas donde se bañaban los romanos

Muchos balnearios dicen tener origen romano. Alange, a dieciocho kilómetros de Mérida, lo tiene literalmente bajo los pies. El edificio romano del siglo III conserva dos cámaras circulares gemelas, de casi once metros de diámetro y catorce de altura, con una piscina redonda en el centro de cada una, un tragaluz en la cúpula y una escalera de piedra para bajar al agua. Una era para hombres y otra para mujeres. Las dos siguen en uso: se entra hoy, se baja por la misma escalera y se flota bajo la misma bóveda. Están incluidas en el conjunto arqueológico de Mérida que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 1993, lo que convierte a Alange en el único balneario de España con esa etiqueta.

Pero el detalle que merece el viaje está en el patio, y es más pequeño. Hay un ara votiva de piedra en la que un patricio, Licinio Sereniano, da gracias a la diosa Juno por la curación de su hija Varinia Serena. Es, con toda probabilidad, la reseña de cliente más antigua de un balneario español: un padre agradecido que dejó constancia por escrito hace mil ochocientos años. Todo lo que ha venido después, incluidas las estrellas de Google, es una variación de aquel altar.

Interior de una cámara circular romana con cúpula y tragaluz, piscina redonda de agua quieta y escalera de piedra bajando hacia ella
Dos cámaras gemelas del siglo III, una escalera de piedra y un tragaluz. Se sigue bajando por aquí.
Lo que distingue un balneario no está en el folleto. Está en el patio, en el registro civil o en el libro que alguien escribió al lado.

Los extremos: el más alto, el más variado, el más grande

El balneario de Panticosa está a 1.636 metros de altitud, en una cubeta glaciar del Pirineo aragonés, junto a un ibón. Es el más alto de España, tiene una casa de baños documentada desde 1693 y está declarado Bien de Interés Cultural como conjunto histórico. El detalle que no aparece en la web: en el mismo recinto hay arquitectura de Álvaro Siza, premio Pritzker, y parte de lo que se proyectó en los años del boom se quedó a medias. Un estudio académico lo ha titulado, sin ironía, poética del abandono. Se puede pasear entre edificios rehabilitados y edificios que nunca llegaron a abrir, y el paisaje no distingue unos de otros.

Caldes de Boí, en Lleida, no gana por altura sino por variedad: 37 manantiales repartidos por veinticuatro hectáreas de jardín, con aguas de composición distinta y temperaturas que van de los 4 a los 56 grados. Y un cartel que vale por todos los folletos. En la fuente de la Tartera, que mana a 42 grados, el rótulo no dice "agua no potable", como en cualquier fuente del país. Dice "Solo para beber". Hubo que ponerlo porque la gente hacía cola para meterse dentro.

Y Alhama de Aragón tiene lo que ningún otro tiene en Europa: un lago termal natural de casi dos hectáreas dentro del recinto de Termas Pallarés, con manantiales en el fondo que mantienen el agua a 28 grados todo el año. La lámina se renueva entera cada 32 horas, con lo que el agua es transparente sin cloro, y en ella viven peces pequeños que conviven con los bañistas. Se nada en él en enero, con vaho, y se entra con una entrada de día sin dormir en el hotel. El lago está declarado de utilidad pública desde 1860, que es la fecha en que el Estado empezó a tomarse en serio estas aguas.

Lago termal con vaho al amanecer, orilla de piedra y árboles desnudos, sin nadie a la vista
Un lago que se renueva entero cada día y medio, sin cloro y con peces. El dato no vende habitaciones; explica por qué el agua está así.

Los que tienen literatura al lado

El balneario de Fitero, en Navarra, comparte valle con el monasterio cisterciense de Santa María la Real, y por ese monasterio pasó Gustavo Adolfo Bécquer. En su biblioteca abandonada sitúa el arranque de El Miserere: un viajero que encuentra unos cuadernos de música roídos por los ratones, con anotaciones en alemán y una partitura que se interrumpe en el décimo versículo. La leyenda del músico peregrino que busca en Fitero el Miserere perfecto es una de las más leídas de la literatura española, y el balneario que está a un paseo apenas lo menciona. Quien vaya a tomar las aguas puede leerla en el propio monasterio, que es donde tiene sentido.

En La Toja, la literatura es de otro tipo. La fábula fundacional cuenta que un cura de O Grove abandonó en la isla a un burro enfermo de la piel, volvió meses después a enterrarlo y lo encontró vivo, revolcándose en un charco de lodo. De esa leyenda salieron el balneario de 1899, el Gran Hotel de 1907 y, en 1904, un jabón negro con sales de la isla que acabó en todos los supermercados de España. Hay también un testimonio de época menos conocido: una escritora que visitó la isla en el siglo XIX describió con asombro tres chorros que brotaban a un palmo unos de otros, uno casi hirviendo, otro templado y otro frío, como si un bañero invisible los graduara desde una caldera. Y una ermita, la de San Caralampio, con la fachada entera cubierta de conchas de vieira. Nada de eso cura nada; todo eso explica por qué la isla es un sitio y no un spa.

Biblioteca de monasterio en penumbra, estanterías antiguas, un cuaderno de música abierto sobre una mesa con polvo y luz azul de ventana
La leyenda empieza en una biblioteca abandonada, a un paseo del balneario. Nadie lo pone en el folleto.

El agua que se fue a la botella

Hay una historia paralela del termalismo español que no se cuenta en los balnearios porque ocurre en los supermercados. Buena parte de las marcas de agua que uno compra sin pensar nacieron como agua de balneario. Lanjarón sigue siendo las dos cosas, balneario y botella, en el mismo pueblo de la Alpujarra. En Caldes de Boí, de los 37 manantiales, uno, la Font del Bou, se embotella con el nombre del balneario. Y en La Toja el agua no se bebe: se convirtió en jabón, en sales y en pastillas, y la marca vale hoy más que el manantial.

El caso inverso es el más instructivo. Hay aguas que conservaron la marca y perdieron el balneario: el edificio cerró, el pueblo se vació y el nombre siguió vendiéndose en cajas de seis. Es el termalismo que sobrevivió embotellado, y lo contamos con más detalle en el termalismo perdido.

Botellas de vidrio con agua sobre una mesa de piedra junto a una fuente de balneario antigua, luz fría, sin etiquetas legibles
Del manantial a la caja de seis. Algunas marcas de agua son balnearios que sobrevivieron embotellados.

Lo que el folleto exagera, y cómo se nota

Carratraca, en Málaga, es un buen sitio para aprender a leer folletos. Todos repiten que por sus aguas sulfurosas pasaron Lord Byron, la emperatriz Eugenia de Montijo, Rilke y Dumas. Algunos de esos nombres están documentados. Con Byron hay un problema de calendario: murió en 1824, y el balneario neoclásico que Fernando VII mandó levantar se inauguró en 1855. Que el poeta se bañara en un manantial de la sierra malagueña treinta años antes de que existiera el edificio es posible; que aparezca en la lista de huéspedes ilustres del balneario es marketing. La regla Wellna es sencilla: cuando el folleto cita a alguien, se comprueba la fecha.

Lo que sí es verificable en Carratraca es más raro que cualquier huésped: en 1878, como venía tanta gente a tomar las aguas, el pueblo excavó en la roca una plaza de toros poligonal, a modo de anfiteatro, para tres mil espectadores. Y lo que el folleto tampoco dice: el balneario cerró en marzo de 2020 con la pandemia y, a fecha de esta escapada, no ha vuelto a abrir. El agua sigue saliendo; el edificio, no.

Plaza de toros poligonal excavada en la roca, gradas de piedra vacías y un balneario neoclásico cerrado al fondo, cielo de tormenta
Una plaza de toros tallada en la sierra para tres mil bañistas. Eso sí está documentado; Lord Byron, no.
✦ Consejo Wellna

Cuando compares balnearios, no compares circuitos: casi todos tienen las mismas piscinas, las mismas duchas y el mismo adjetivo. Compara lo que solo ese sitio tiene. Si no sabes qué es, hay tres preguntas que funcionan: qué agua exacta sale del suelo y a qué temperatura, qué había allí antes del hotel, y qué se puede ver sin pagar entrada. Un balneario que responde bien a las tres suele ser un buen balneario, aunque no tenga cinco estrellas. Y si conoces un detalle de estos de algún balneario que hemos dejado fuera (una placa, una fecha rara, una fuente con cartel), cuéntanoslo abajo: esta escapada se ha hecho para crecer.

Wellna es una publicación de bienestar, no un servicio médico: no atribuimos efectos sobre la salud a ninguna de estas aguas. Los datos históricos proceden de fuentes municipales, institucionales y de los propios establecimientos, y los hemos contrastado donde ha sido posible; las leyendas se cuentan como leyendas. Horarios, precios y estado de apertura cambian; comprueba el canal oficial del balneario antes de viajar.


Preguntas frecuentes

¿Cuál es el balneario más antiguo de España?

Varios lo reclaman, pero el que conserva un edificio de baños romano en uso es Alange, en Badajoz: dos cámaras circulares del siglo III con sus piscinas originales, dentro del conjunto arqueológico de Mérida, Patrimonio de la Humanidad desde 1993. Otros balnearios tienen manantiales usados desde época romana, pero no la construcción.

¿Se puede bañar uno en un lago termal en invierno?

Sí. El lago termal de Termas Pallarés, en Alhama de Aragón, se mantiene a 28 grados todo el año gracias a los manantiales de su fondo y se puede nadar en él en pleno enero. Se accede con entrada de día sin necesidad de alojarse, y el horario es más corto fuera del verano.

¿Qué balneario está más alto?

El de Panticosa, en el Pirineo de Huesca, a 1.636 metros de altitud, en un circo glaciar junto al ibón de los Baños. Es Bien de Interés Cultural como conjunto histórico y tiene casa de baños documentada desde 1693.

¿Cómo sé si lo que cuenta un balneario de su historia es cierto?

Comprobando fechas y fuentes. Si el folleto cita huéspedes ilustres, mira cuándo vivieron y cuándo se construyó el balneario; si habla de origen romano, pregunta si queda algo de la construcción o solo del manantial. Las oficinas de turismo municipales y los estudios históricos suelen ser más fiables que la web del hotel.

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