Reportaje · Lugar
Tabarca, cuando se va el último barco
Cinco mil personas al día en agosto. Quince durmiendo en noviembre. Un catamarán que deja de salir el 1 de noviembre. Estuve en la isla más visitada de Alicante el día que no me dejó quedarme, y desde entonces pienso en lo que pasa cuando se vacía.
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- Actualizado: 2026
Fui en el primer barco y volví en el último, y entre los dos me pasó lo que le pasa a casi todo el mundo en Tabarca: no me quería ir. Pregunté. No había una sola cama libre en toda la isla. Me subí al catamarán con la luz ya baja y la sensación de que me echaban de un sitio por estar lleno. Meses después supe que en noviembre pasa lo contrario: queda un hostal abierto, y de lunes a jueves es raro que duerma alguien. La isla te echa en agosto por lleno y en invierno por vacío. Este reportaje va de ese segundo vacío, que no he visto, contado desde lo que sí vi y desde lo único que no cambia con la estación: los papeles.
El último barco
Tabarca es la isla habitada más pequeña de España: no llega a treinta hectáreas, se recorre entera en un paseo de cuatro kilómetros, y pertenece a Alicante aunque mira a Santa Pola, que está a nueve kilómetros y es de donde sale casi todo el mundo. En 1770 se repobló con las familias genovesas rescatadas de la isla tunecina de Tabarka, y de ahí los apellidos italianos que todavía llevan los vecinos. Hace cien años vivían en ella más de mil personas, de la pesca. Hoy, según el censo de 2025, sesenta. Según la prensa de este año, unas cincuenta. Según el único que ha ido a contarlas en invierno, quince.
Lo que yo vi fue la isla a tope. Si me preguntan por un detalle de las calles que no esté en las guías, no me sale una imagen: me sale una palabra, paz, y desconfío de ella por oficio. Pero es la que sale, y la explicación no es mística: no hay coches. Ni uno. El ruido de fondo de cualquier pueblo español, el motor, el frenazo, la moto a las tres, aquí no existe, y el cuerpo lo nota antes que la cabeza. Lo que queda son pasos, voces, gaviotas y el mar contra la muralla del siglo XVIII. Con cinco mil personas dentro sigue habiendo paz. Es la única isla que conozco donde la masificación no suena.
El horario
Para entender qué le pasa a Tabarca en invierno no hace falta ir: basta con leer la web de la naviera. El catamarán que une Santa Pola con la isla, el barco grande, el que coge todo el mundo, sale todos los días del año entre el 2 de marzo y el 31 de octubre. El 1 de noviembre deja de salir. Así, sin matices. Lo que queda a partir de entonces lo prestan lanchas, sin horario fijo, con un mínimo de pasajeros para zarpar, y la propia empresa avisa de que las salidas pueden cambiar según la previsión y de que en enero y febrero el servicio es «principalmente con lancha». Para estancias largas en la isla, piden llamar por teléfono para saber qué regreso habrá ese día. No es que haya menos barcos en invierno. Es que no hay barco: hay una lancha que sale si sois suficientes y si el mar lo permite.
Esa frase vale para el turista y es una condena para el vecino. La asociación de vecinos lleva más de seis años pidiendo a la Generalitat un transporte público regular, con horario fijo, al menos tres conexiones al día, porque sin ellas, dicen, es difícil habitar la isla: ir al médico, llevar a los niños al colegio de la costa, volver un martes de febrero. No existe. Lo que hay es un servicio privado que en verano funciona cada media hora y en invierno funciona cuando puede. En Tabarca no hay supermercado ni tiendas; la compra sube en el barco de la mañana, en carritos, por encargo, y el capitán hace de repartidor. Hay un policía y un sanitario. Hay gatos, muchos, que en verano comen de las terrazas y en invierno dejan de hacerlo.
Las capas
Tabarca se vacía por capas, y cada capa tiene un número que es verdad. La primera son los sesenta censados en 2025: gente con la isla en el DNI, no necesariamente con la isla bajo los pies. La segunda son los cincuenta residentes que repite la prensa de este 2026, el pueblo que se conoce entre sí y comparte rutinas. La tercera la contó un periodista en marzo de 2019, que fue en invierno y se puso a mirar quién dormía de verdad allí: quince personas, casi todas jubiladas, con tres activos en toda la isla: un pescador, un albañil y el dueño del bar. Nadie ha vuelto a contarlos desde entonces, y que el único recuento real tenga siete años también es parte de la historia. En agosto, por contraste, desembarcan entre tres mil y cinco mil personas en un día. Sobre treinta hectáreas, es la diferencia entre una ciudad y una casa.
Lo que cambia entre esas capas no es solo el ruido. Es qué está abierto. En verano, Tabarca es una hilera de restaurantes con el caldero como bandera y una docena larga de sitios donde dormir, todos con reserva por internet y todos llenos: lo sé porque lo intenté. En invierno, según ese mismo reportaje de 2019, queda un hostal, y los restaurantes bajan a medio gas o cierran. No hay carta de nada. Lo que no hay en noviembre en Tabarca es, sencillamente, casi todo lo que hay en agosto, y lo que queda es lo que había antes de que llegara el turismo: la muralla, el faro, las calles encaladas, el mar y una decena de personas que lo miran.
El fondo del este
Hay una Tabarca que no se vacía nunca, y está debajo. En 1986 la isla se convirtió en la primera reserva marina de España; este año cumple cuarenta. Yo bajé por el lado este, dentro de lo que la reserva permite, y lo que recuerdo no es un pez ni una cueva. Es que a quince metros de profundidad la luminosidad era idéntica a la de un metro. El agua no se oscurecía al bajar. Y una calma que no sé describir mejor que así: la de un sitio donde nada tiene prisa porque nada lleva cuarenta años teniéndola. Es la única parte de la isla donde el silencio del invierno existe también en agosto.
No voy a convertir eso en consejo de actividad, porque Wellna no hace eso y porque el fondo de Tabarca no necesita que nadie lo venda. Lo cuento porque explica algo de arriba. La reserva funciona porque hay límites: zonas donde no se pesca, zonas donde no se entra, un número de barcos que no se pasa. Lo que la isla pide ahora para su superficie es exactamente lo mismo que le funcionó al fondo hace cuarenta años.
La isla que pide existir
En junio de 2026 los vecinos de Tabarca iniciaron los trámites para convertirse en entidad local menor: no un municipio, pero sí una cosa propia dentro de Alicante, con capacidad de decidir sobre su día a día. La prensa lo ha contado como «la isla que se quiere independizar», que es un titular más grande que el expediente. Lo que piden es más sencillo y más viejo: que alguien administre con ellos un lugar que recibe cinco mil personas al día en verano y tiene cincuenta vecinos en invierno, y que nadie, en seis años, ha conseguido conectar con la costa con un horario fijo. Que lo decidan Alicante y la Generalitat; aquí no se toma partido. Pero llama la atención que la isla más visitada de la provincia tenga que pedir, por escrito, existir.
Y ahí es donde el invierno deja de ser una curiosidad y se convierte en el argumento. Un pueblo de cincuenta personas que de noviembre a marzo depende de una lancha sin horario no es una postal de calma: es un pueblo al que cuesta llegar y del que cuesta salir. La calma que yo noté en agosto, la que llamé paz, es la misma condición que en febrero se llama aislamiento. No son dos Tabarcas. Es una, mirada desde dos lados del muelle.
Si quieres ver Tabarca vacía, ve entre noviembre y febrero, y no lo planees como un plan: planéalo como una condición. Llama a la lancha el día antes y la misma mañana, pregunta por el último regreso y da por hecho que puede no haberlo. Lleva comida, porque no hay tienda. Si quieres dormir, escribe antes al único sitio que abre y asume que un martes puede que no abra. Y acepta la posibilidad más probable de todas: la de quedarte en el puerto de Santa Pola, con el billete en la mano, mirando una isla a la que ese día no se llega. Eso también es Tabarca. Puede que sea la Tabarca más honesta.
Este reportaje se construye con lo que el autor vio en una visita de verano y con fuentes publicadas: el calendario y los avisos de invierno de la naviera, el censo de 2025, las cifras de la asociación de vecinos y la prensa de 2026, y un reportaje de invierno de 2019 que es, hasta donde sabemos, el único recuento real de quién duerme en la isla fuera de temporada. No hemos estado en Tabarca en noviembre y no lo fingimos. Los horarios y servicios cambian cada temporada; antes de ir, consulta a la naviera. Wellna no recomienda ninguna empresa de transporte, alojamiento ni actividad en la isla.
Preguntas frecuentes
¿Se puede ir a Tabarca en invierno?
Sí, pero no con el barco habitual. El catamarán de Santa Pola opera del 2 de marzo al 31 de octubre; el resto del año el servicio lo prestan lanchas sin horario fijo, que salen con un mínimo de pasajeros y según la previsión del mar. Conviene llamar a la naviera el día antes y la misma mañana, y preguntar expresamente por el último regreso.
¿Cuánta gente vive en Tabarca todo el año?
Depende de cómo se cuente: unos sesenta censados en 2025, alrededor de cincuenta residentes según la prensa de 2026, y unas quince personas durmiendo de verdad en la isla en invierno según el único recuento sobre el terreno, de 2019. En julio y agosto, por contraste, llegan entre tres mil y cinco mil visitantes al día.
¿Hay alojamiento en Tabarca fuera de temporada?
Muy poco. En verano hay más de una docena de opciones, casi todas con reserva por internet y llenas. En invierno, según el reportaje de 2019, queda un solo hostal abierto, que entre semana rara vez tiene huéspedes. No hay supermercado ni tiendas en la isla en ninguna época del año.
¿Por qué Tabarca quiere ser entidad local menor?
En junio de 2026 los vecinos iniciaron los trámites para ganar autonomía administrativa dentro del municipio de Alicante, al que la isla pertenece. Reclaman gestionar un lugar que pasa de cincuenta vecinos en invierno a cinco mil visitantes diarios en verano y que, tras más de seis años de peticiones, sigue sin transporte público regular con la costa. La decisión corresponde al Ayuntamiento y a la Generalitat Valenciana.

