Reportaje · Con criterio
Treinta años midiendo lo que otros venden
La inteligencia emocional llegó a España en 1996 por dos puertas a la vez: un best-seller y un laboratorio. Una de las dos ha hecho fortuna. La otra ha hecho ciencia. Saber distinguirlas es la única forma de no pagar por humo.
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- Actualizado: 2026
Pocas expresiones han hecho tanto viaje en tan poco tiempo. En treinta años, "inteligencia emocional" ha pasado de un artículo académico casi sin lectores a figurar en ofertas de empleo, programas escolares, talleres de fin de semana y másteres de todos los precios. En ese trayecto le ha pasado lo que a cualquier idea que se vuelve rentable: se ha llenado de cosas que no son ella. Este reportaje sigue el hilo contrario. No parte de lo que se vende, sino de lo que se mide, y resulta que ese hilo pasa por España más de lo que casi nadie sabe.
El año en que llegaron las dos
La idea no es de Daniel Goleman, aunque casi todo el mundo lo crea. En 1990, dos psicólogos estadounidenses, Peter Salovey y John Mayer, propusieron una definición concreta y bastante sobria: la habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las emociones propias y las de los demás. Nada de carisma, ni de liderazgo, ni de éxito. Una habilidad, como la memoria o el razonamiento, que unas personas tienen más desarrollada que otras y que, en principio, se puede medir y entrenar. Cinco años después, Goleman tomó el término, lo ensanchó hasta abarcar la motivación, la empatía y las habilidades sociales, lo vinculó al éxito profesional y lo convirtió en uno de los libros más vendidos de la década.
En España ocurrió algo que casi nadie ha contado como lo que es. En 1996 salía la edición en castellano de ese libro. Ese mismo año, en la Facultad de Psicología de la Universidad de Málaga, un profesor llamado Pablo Fernández-Berrocal proponía a un estudiante recién licenciado, Natalio Extremera, varias líneas de investigación para empezar su carrera. Extremera eligió la inteligencia emocional. De ahí nació el Laboratorio de Emociones de la UMA, que treinta años después sigue estudiando cómo se integran los procesos emocionales y cognitivos, con la inteligencia emocional como centro, y sigue financiado con proyectos de la Junta de Andalucía y del Gobierno de España. El best-seller y el laboratorio nacieron el mismo año, en el mismo país. Uno vende. El otro mide.
Y no mide en pequeño. Fernández-Berrocal es hoy catedrático, dirige el Máster de Inteligencia Emocional de la universidad y es vicepresidente de la International Society for Emotional Intelligence; colabora con el propio Salovey y con Marc Brackett, el investigador de Yale que creó el programa RULER. Extremera hizo la adaptación al castellano del MSCEIT, el test de habilidad diseñado por Mayer, Salovey y Caruso, y es coautor del programa INTEMO para adolescentes. En 2006 ambos coordinaron desde una revista española, Psicothema, un número especial con los nombres que fundaron el campo. No es una anécdota local: durante tres décadas, buena parte de lo que se sabe sobre inteligencia emocional en castellano ha salido de un laboratorio en el sótano de una facultad de Teatinos.
Qué se mide cuando se mide
Aquí está la distinción que separa lo serio de lo demás, y que no aparece en ningún folleto. Hay dos maneras de medir la inteligencia emocional, y no se parecen en nada. La primera es preguntarle a la persona. Cuestionarios como el TMMS, que el grupo de Málaga adaptó y ha usado durante años, piden que uno valore hasta qué punto atiende a sus emociones, las distingue con claridad y es capaz de reparar un mal estado de ánimo. Son rápidos, baratos y útiles para investigar, pero miden algo muy preciso: lo que la persona cree sobre sí misma. Alguien convencido de entenderse muy bien puntúa alto aunque no se entienda nada.
La segunda manera es poner a prueba la habilidad. El MSCEIT no pregunta si eres bueno leyendo emociones: te enseña una cara, una situación, un dilema, y comprueba si aciertas. Igual que un examen de idiomas no te pregunta si hablas bien inglés, sino que te hace hablarlo. Es más largo, más caro, hay que aplicarlo con criterio, y por eso casi nadie lo usa fuera de la universidad. Esa es la trampa entera del mercado en una frase: casi todo lo que se ofrece al público como "evaluación de inteligencia emocional" es un cuestionario de autopercepción, cuando no una lista de preguntas inventada en la propia empresa. Dice cuánto crees que entiendes tus emociones. No dice cuánto las entiendes.
Con esa distinción se entiende lo que la investigación ha encontrado y lo que no. Lo que sí: desde hace veinte años se acumulan estudios, varios de ellos malagueños, que relacionan una mayor inteligencia emocional con mejor ajuste psicológico, menos síntomas de ansiedad y depresión y mejor funcionamiento social, en adolescentes, universitarios y adultos. Lo que no: que un fin de semana de taller convierta a alguien en emocionalmente inteligente, ni que esa cifra prediga por sí sola quién será buen jefe. Los efectos existen, son moderados y se consiguen con programas largos y estructurados. Nada de eso cabe en un curso de ocho horas.
Cantabria, el aula
Si el laboratorio es Málaga, el campo de pruebas es Cantabria. A mediados de los años 2000, la Fundación Botín, desde Santander, puso en marcha un programa llamado Educación Responsable para trabajar el desarrollo emocional, social y creativo de niños y adolescentes de entre tres y dieciséis años, no con una asignatura nueva, sino formando a los docentes y metiendo las emociones dentro de las que ya existen: literatura, música, artes plásticas. Empezó en un centenar de colegios cántabros. Hoy lo aplican más de novecientos centros en diez comunidades autónomas y en varios países de América Latina, y el Gobierno de Cantabria subvenciona cada curso la entrada de quince centros más.
Lo que lo hace distinto de cualquier otra iniciativa de "bienestar emocional" en España no es el tamaño. Es que se mide desde el primer año, y quien lo mide no es la propia fundación. Primero la Universidad de Cantabria, después la Universidad de Málaga: el mismo laboratorio de la primera parte de esta historia. Y las cifras que dan son de una modestia que debería ser obligatoria en este terreno: en la última evaluación, los alumnos mejoran un 8 % en autoconocimiento emocional y un 6 % en empatía y conductas prosociales, con un clima de aula mejor y menos retraimiento. Un ocho y un seis por ciento. No "transforma vidas", no "despierta el potencial". Mejora un poco, de forma consistente, a lo largo de años, y lo puede comprobar alguien de fuera. Esa frase es, en el fondo, la definición de lo que funciona.
Cantabria no es el único foco. En Cataluña, el grupo GROP de la Universitat de Barcelona lleva desde los noventa diseñando programas de educación emocional por etapas, y por todo el país hay docenas de programas de aula evaluados, muchos de ellos recogidos en revisiones científicas recientes. Lo que tienen en común, otra vez, es lo que no tienen los talleres de empresa: años de duración, docentes formados, un instrumento de medida y alguien externo que mire los resultados.
Lo que se vende
Entre el laboratorio y el aula hay un territorio enorme, y es ahí donde se hace el negocio. Formaciones que prometen "desarrollar tu inteligencia emocional" en dos jornadas. Tests online que devuelven una cifra y un perfil de colores. Coaches que usan la expresión como si fuera una técnica propia. Másteres de entidades privadas sin un investigador en el claustro. No todo es malo; mucho es, simplemente, otra cosa: un rato agradable, una conversación útil, un recordatorio de que las emociones importan. Lo que no es honesto es cobrarlo con el prestigio de una ciencia que no se ha hecho.
Hay una forma sencilla de distinguir. La inteligencia emocional seria, la que se mide, tiene tres rasgos que se pueden preguntar en voz alta: de qué modelo parte (Mayer y Salovey, casi siempre, cuando hay rigor detrás), con qué instrumento validado se evalúa y quién, ajeno a quien cobra, ha comprobado que aquello funciona. Si la respuesta a las tres es "nuestro propio método", no hace falta seguir preguntando. Por eso el máster de la Universidad de Málaga exige título universitario, dura un curso entero y enseña a aplicar RULER o INTEMO, programas con años de estudios detrás; y por eso una red escolar lleva dos décadas dejándose evaluar. El rigor es lento, pide titulación y da resultados pequeños. El humo es rápido, lo ofrece cualquiera y promete cambiarte la vida.
Si quieres trabajar tu inteligencia emocional, empieza por el sitio donde se sabe qué es. La propia Universidad de Málaga explica en abierto qué es y qué no es, y los libros de divulgación de su grupo cuestan lo que un taller de media hora. Si eres docente o tienes hijos en edad escolar, pregunta en el centro si está en alguna red de educación emocional evaluada, porque ahí es donde de verdad se ha demostrado algo. Y si alguien te ofrece un curso, un test o un certificado, haz tres preguntas antes de pagar: qué modelo, qué instrumento y quién lo ha evaluado desde fuera. Quien hace ciencia las contesta en treinta segundos. Quien no, cambia de tema.
Wellna es una publicación de bienestar, no un servicio de salud: explicamos qué es la inteligencia emocional y qué se sabe de ella, no evaluamos ni tratamos a nadie. Una puntuación en un test no es un diagnóstico, y el malestar emocional persistente no se resuelve con un curso; ante cualquier duda conviene consultar con un profesional sanitario. Los programas, convocatorias y cifras citados cambian con el tiempo; conviene confirmarlos en las fuentes enlazadas.
Preguntas frecuentes
¿La inteligencia emocional tiene base científica o es un invento de Goleman?
Tiene base científica. El concepto lo definieron Peter Salovey y John Mayer en 1990 como una habilidad para percibir, comprender y regular emociones, y existen tests de habilidad validados y miles de estudios desde entonces. Goleman lo popularizó en 1995 ensanchándolo hacia la motivación, la empatía y el éxito profesional, una versión más amplia y menos medible que es la que ha hecho fortuna en el mercado.
¿Dónde se investiga la inteligencia emocional en España?
El grupo de referencia es el Laboratorio de Emociones de la Universidad de Málaga, fundado por Pablo Fernández-Berrocal y activo desde 1996, que adaptó al castellano los principales instrumentos de medida y dirige un máster propio. En educación destacan el programa Educación Responsable de la Fundación Botín en Cantabria, evaluado de forma externa, y el grupo GROP de la Universitat de Barcelona.
¿Qué diferencia hay entre un test y un cuestionario de inteligencia emocional?
Un cuestionario de autopercepción, como el TMMS, pregunta a la persona cuánto cree que atiende, entiende y regula sus emociones: mide lo que uno piensa de sí mismo. Un test de habilidad, como el MSCEIT, plantea tareas con caras, situaciones y dilemas y comprueba si se aciertan: mide la habilidad real. Casi todo lo que se ofrece al público es del primer tipo.
¿Se puede mejorar la inteligencia emocional con un curso?
Con programas largos, estructurados y evaluados, sí, aunque los efectos son moderados: en el programa escolar de Cantabria, en torno a un 8 % en autoconocimiento emocional y un 6 % en empatía y conducta prosocial, medidos por universidades externas. No hay evidencia de que un taller de pocas horas produzca cambios comparables.

